Aquí estoy una vez más, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que publiqué un artículo relacionado con el Gótico, anteriormente hablaba de simbología, hoy he traído algo más puntual, una sencilla pero común y muy importante pregunta… ¿Qué es lo gótico?.
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Quizá muchos tienen claro lo que significa, en todos sus ámbitos, o le han asignado su propio concepto y conclusión. No es fácil decir “El gótico es…”, no es exacto para otros lo que uno quiere decir sobre ello, pero más allá de las discusiones y contradicciones que nos podamos hacer, más allá de las vueltas que nos podemos dar alrededor del tema, todos llegamos a entender lo que significa de una manera que no solo es mental sino experimental, lo que quiero decir con ello, es que finalmente sentimos el gótico de la misma manera, lo que la mente nos dice sobre ello no refleja muchas veces lo que hacemos y cómo lo vivimos… Hay cosas que es mejor vivirlas a explicarlas, pero eso no significa que no sea importante encontrar las palabras que describan y justifiquen lo que somos, hacemos o pensamos, incluso es relevante encontrar las palabras que detallen con énfasis la historia…
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Si solo fuera relevante sentir y conformarse con lo que uno cree, no existiría este blog, no hablaríamos, leeríamos o escucharíamos sobre esto…
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Lo que publico a continuación, son quizá breves referencias en busca de respuestas, definiciones de términos correlacionados como: gótico, romanticismo, decadencia, entre otros; un análisis para que la mente trabaje con el fin de generar una respuesta propia a esa típica y rebuscada pregunta.
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He coleccionado algunos puntos claves que cada uno de Uds., irá analizando y finalmente, encaminándose a sus propias conclusiones y si desean compartirlas comentando el post, les agradecería mucho. Este análisis fue realizado por Susana Inés Nicolini, counselor, escritora, guionista e investigadora, un gran trabajo que vale la pena compartir.
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Hay personas que me han preguntado el porqué de haber creado este espacio, yo suelo responderles, “Para que dejen de concluir antes de empezar a leer sobre nosotros, para defendernos de la mala información, para encontrarnos y conocernos mejor, desde nuestros principios culturales”… Quizá no sea la mejor respuesta pero es la mía y la mantengo, así como cada uno/a tendrá su forma de explicarle al mundo lo que hoy se explicará en el post…
La palabra “Gótico” representa “una visión del mundo”, según dijo el novelista irlandés J. Sheridan Le Fanu, en su libro “Las criaturas del espejo”.
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Es el cosmos en negativo, invertido: lo extraño y espeluznante son sólo lugares comunes, mientras que el día a día es algo en verdad misterioso y extraordinario. Aquí, lo oscuro y lo amenazador poseen un irresistible encanto, mientras que la normalidad y la vida acomodada sólo prometen hastío y decadencia. Los polos opuestos que son el sexo y la muerte están unidos en un exquisito matrimonio grotesco. La inocencia y la virtud son atesoradas sólo como un pergamino virgen, sobre el cual se pueden escribir los signos del pecado con gruesas pinceladas de sangre y oscuridad de medianoche.
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Es ese mismo mundo crepuscular que, entre autodestructivos ataques alcohólicos, describió el maníaco depresivo poeta victoriano James Thomson en su doloroso y largo poema The City of Dreadful Night, de 1874. Es ese mundo de tinieblas y pesadillas que Thomson usa como metáfora de un infierno que se esconde bajo la superficie de la ciudad y también del espíritu.
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Un siglo después, el periodista Luke Jennings exploró esta misma metafórica metrópolis de la medianoche en un artículo de 1999 publicado en el periódico londinense Evening Standard.
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Como escribió Jennings, si durante el día la industriosa ciudad representaba la “mente consciente”, la ciudad nocturna representaba su “subconsciente”. No obstante, como la psique o cualquier otra incontrolada región humana, la ciudad nocturna era un lugar peligroso y temible. Dejando al margen los trances como los robos, la sífilis y los chantajes, el transeúnte de aquellas oscuras y apartadas calles podía fácilmente encontrarse cara a cara con su propia verdad.
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La ciudad de la atroz noche, sombra de nuestro mundo actual, no se limita a una época o a un lugar. Es ese Londres victoriano embrujado por la niebla, temeroso bajo el cuchillo de Jack el Destripador.
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Es el París de fin de siècle un glorioso infierno bohemio de burdeles y clubes de opio y hachís, donde los libertinos y los poetas se reunían para brindar por su propia condenación. Es el Berlín de los años veinte, donde borrachos de ojos enrojecidos bailaban y bebían en su intento desesperado de ahogar el acechador sonido de las botas militares. Es ese Los Ángeles del último tercio del siglo XX, la “Ciudad de la noche” de Jim Morrison, una fábrica de sueños más bien proclive a producir pesadillas.
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Gótico... Desde el fondo de los tiempos:
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El término “gótico” es una de esas palabras que a todos nos resultan familiares y de las que creemos saber su significado, una palabra que nos sugiere algo así como un ambiente relacionado con murciélagos y cementerios. Sin embargo, este término encierra una sorprendente riqueza de contenidos y significados.
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| La danza de la muerte |
En un sentido académico, la palabra “gótico” tiene varias acepciones muy concretas. Si la buscamos en la base de datos de una biblioteca nos conducirá a libros sobre el arte y la arquitectura góticos de la Edad Media en Europa occidental; así, puede encontrarse cierta relación entre dicho período y el tema de este libro, la llamada “Cultura gótica”, por ejemplo en las “danzas de la muerte” del siglo XV, tétricos grabados que representaban cadáveres retozando o bailando. Pero las majestuosas catedrales medievales o las estilizadas pinturas de la Virgen María de los altares tienen poco en común con el sombrío concepto de gótico como celebración cultural de la medianoche.
Nuestra imaginaria búsqueda de definiciones también podría conducirnos a encontrar relaciones con el “renacimiento gótico” o “neogótico”: la renovación del interés por la arquitectura medieval acontecida en Europa en el siglo XVIII.
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Parte de esta información es pertinente, así como las narraciones de ingleses excéntricos como Horace Walpole y William Beckford, creadores literarios de las abadías de atmósferas fantasmagóricas. Sin embargo, a mediados del siglo XIX, la arquitectura neogótica se convirtió en norma, y hasta los edificios del Parlamento británico fueron construidos siguiendo dicho estilo. Eso hace que algunos puedan argumentar que en los mencionados edificios se traman intrigas malignas. Tal subversión y reinvención es típico de “lo gótico”, y no sorprende que la moderna sub cultura llamada “goth” ofrezca un sentido algo confuso y .ambiguo.
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Gavin Baddeley comenta esta paradoja con Trevor Bamford, director del sello discográfico británico Nightbreed, especializado en el goth y líder de la destacada banda goth Midnight Configuration. Según Bamford, ser goth es simplemente “ser aquello que se es en un momento determinado”. Pero esto suena demasiado demagógico, y quizá algo tautológico: la estética gótica siempre estuvo relacionada con cierto sentido de independencia y singularidad.
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Pero lo gótico es mucho más que una imagen: es una estética, un punto de vista e incluso un estilo de vida cuya tradición supone un legado de subversión y tinieblas.
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Las representaciones pictóricas renacentistas del Infierno, repletas de demonios semihumanos, gárgolas y cadáveres de muecas lascivas, característicos de la mampostería medieval, resultaban fascinantes y repulsivas a la vez. (Edgar Allan Poe, escritor estadounidense del siglo XIX, uno de los máximos exponentes de la literatura gótica, tituló su colección de 1839 Cuentos de lo grotesco y arabesco – Tales if the Grotesque and Arabesque; el término “arabesco” se asociaba entonces a algo profusamente decorado con un estilo oriental y exótico, como se manifiesta en el relato de William Beckford sobre los excesos árabes, Váthek.)
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La palabra “gótico”, como término cultural, tuvo inicialmente un sentido despectivo, ya que aludía a cómo la “Edad de las Tinieblas” había reemplazado las clásicas glorias de Roma por cierto tipo de barbarie.
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En el siglo XVIII, la recuperación del estilo gótico (neogoticismo), en oposición al neoclásico, fue una rebelión consciente en contra del buen gusto y el sentido común de la época. De una manera análoga, los actuales goth que se visten con ropas poco prácticas y de llamativo aire victoriano no están aprobando por ello los opresivos valores de la época victoriana, sino manifestando su rechazo de la presunta estética moderna mediante la adopción de la elegancia y el estilo del siglo XIX. Además, dicha actitud expresa una pasión de los goths por los aspectos grotescos de la época victoriana, particularmente el de la obsesión por los complejos ritos fúnebres, pero sólo como tributo manierista, camp y formal, no por su contenido ideológico.
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Lo camp y el manierismo son conceptos importantes para cualquiera que desee comprender la estética gótica.
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En 1964, la escritora Susan Sontag intentó definirlo de la siguiente manera: “No es una manera natural de sensibilidad, si es que existe algo así. De hecho, la esencia de lo camp es su amor por lo que no es natural, es decir, por lo artificial y lo exagerado. Es una clase especial de estilo. Es el amor por la exageración, por "las cosas que son lo que no son..."
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Lo camp es una experiencia coherentemente estética del mundo. Encarna la victoria de la "forma y el estilo" sobre el "contenido", de la "estética" sobre la "moral", de lo "irónico" sobre lo "trágico"... Sobre todo, el gusto camp es una forma del disfrute, de la apreciación”.
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De acuerdo con la subcultura goth actual, el interés por lo prohibido y lo arcano, la tendencia a la introspección y la sensibilidad, los hábitos nocturnos y otras muchas características y actitudes consideradas “sospechosas” por la sociedad tradicional pueden convertirse en algo aceptable si se las exagera hasta extremos teatrales.
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Envueltos en siglos de historia y tradición antiguas, los valores y la estética góticos ponen de manifiesto una pasión por los extremos.
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Los primeros escritores góticos de finales del siglo XVIII y principios del XIX manifestaron su gusto por lo que uno de ellos, Horace Walpole, denominó “nostalgia” de las ruinas góticas y la superstición medieval. Era un tipo de nostalgia perversa, y Walpole resaltó que “no había sabiduría comparable a la experiencia de reemplazar lo que se denomina realidad por los sueños. Antiguos castillos, antiguas pinturas, antiguas historias y el murmullo de ancianos hacen a uno retroceder hacia otros siglos que no engañan...”.
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Walpole, harto del “mundo real” y cansado de sus contemporáneos vivos, concluyó: «A los muertos se les agotó la capacidad de engañar; ahora, se puede confiar en Catalina de Médicis». (Catalina de Médicis fue una reina francesa del siglo XVI cuyo nombre se convirtió en sinónimo de oscura ambición, falta de escrúpulos e implacable conspiración.)
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Walpole y sus imitadores solían escoger una versión mítica y afectada de la Europa medieval para escapar de la sociedad de la época; del mismo modo, muchos goths del siglo XXI optan por una versión mitológica de la época victoriana para dar vuelo a su imaginación, mientras otros exploran un cierto futurismo también sombrío y amenazador, denominándose a sí mismos como “cybergoths” o “cibergóticos”.
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Los novelistas góticos encontraron una justificación parcial de su obra en un breve tratado de 1756, obra del político y filósofo Edmund Burke, titulado Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo bello y lo sublime. Burke llega a la conclusión de que existen dos ideales opuestos: por un lado, nos atrae la belleza tradicional, cuyo orden está asociado a la cultura clásica; por otro, nos sentimos atraídos por lo que se denomina “sublime”, aquello fantástico y sobrecogedor que fue asociado a la cultura gótica.
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Un claro de sol en el bosque puede describirse como algo hermoso, mientras que un cementerio desierto en medio de una furiosa tormenta ejemplifica lo sublime. La belleza provoca el placer del observador, pero lo sublime genera inquietud y sobrecogimiento. “Cuando el peligro o el dolor aprietan demasiado, son incapaces de causar placer alguno, son simplemente terribles”, escribió Burke, “pero cuando están a cierta distancia, y con ciertas modificaciones, pueden ser, y son, maravillosos, como podemos experimentar cada día”.
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Las teorías de Burke alimentaron una creciente moda por lo sublime y lo siniestro entre la sociedad británica de fines del siglo XVIII y principios del XIX.
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Los turistas de clase media que visitaban las agrestes zonas montañosas y las abadías en ruinas temblaban ante la idea de que los ladrones, los espíritus o los lobos pudieran estar a su acecho en las cuevas y los bosques. Los aristócratas terratenientes decoraban sus propiedades con siniestros y disparatados, consiguiendo crear una sensación de oscuro y pintoresco misterio, mientras que los entusiastas menos adinerados se contentaban con beber la sangre de las novelas góticas que aparecieron después del castillo de Otranto, de Walpole.
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La pasión por lo gótico pronto cruzó el canal de la Mancha y llegó al continente europeo. En 1832, una publicación francesa de moda, Flánelir Parisien, comentó: “Tenemos comedores y salones góticos, y ahora la gente quiere que todo el edificio sea gótico, con calabozos, almenas, puentes y verjas levadizas”.
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Pero, a medida que los símbolos del movimiento gótico se ponían de moda, también se convertían en algo cada vez más corriente y vulgar. Las novelas góticas pasaron de moda, y la arquitectura gótica pasó a ser admirada sobre todo por sus cualidades de solidez y fuerza, así como por ser un estilo específico del norte de Europa, en oposición al estilo clásico del sur del continente. Hacia mediados del siglo XIX, los adinerados patrones británicos que encargaban la construcción de edificios neogóticos sentían que estaban adoptando una postura patriótica más que subversiva.
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A medida que el poder subversivo de la estética original del gótico se esfumaba, surgía una nueva generación de inconformistas bajo la denominación de “románticos”, movimiento al principio poco definido que surgió en el siglo XVIII. En más de un sentido, los movimientos gótico y romántico originales representan dos corrientes de la misma oscura ola cultural.
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Los románticos más extravagantes (tales como el transgresor aristócrata y poeta George Gordon, más conocido como) se valían de los saturninos antihéroes de la ficción gótica como modelos de conducta, a la vez que recreaban los siniestros escenarios imaginados por primera vez por Walpole y sus imitadores.
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La narración de Horace Walpole “El castillo de Otranto”, que suele ser considerada la primera novela gótica, fue publicada en 1764, dando origen a una larga e influyente tradición. A pesar de esto, no es una obra en absoluto espectacular. Incluso algunos lectores entusiastas, como Jennie Gray, de la Gothic Society (1990-1998), se ha detenido a pensar en “el impresionante grado de influencia que esta débil y algo aburrida fábula ha tenido”.
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Su principal novedad radicaba en su evocación de las contradictorias emociones de terror y pena. Este uso radical del contraste radical es la característica decisiva del arte gótico clásico: luz y sombra, bueno y malo, sexo y muerte. Así, en la literatura gótica, el realismo y la construcción verosímil de los personajes no tienen mucha importancia en comparación con el efectismo; este tipo de narrativa ha estado marcada, además, por un decidido énfasis en el estilo en detrimento del contenido. El estilo literario gótico se convirtió, de alguna manera, en una fórmula muy popular, y, hacia 1797, un comentarista de la época observó: “Los fantasmas de Otranto han propagado su especie con una fecundidad inigualable. Su prole está en cada librería”.
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Envueltos en siglos de historia y tradición antiguas, los valores y estética góticos ponen de manifiesto una oscura pasión por los extremos de la existencia, que nuestra “modernidad” lleva insertos en el corazón de la mayoría de las sociedades.
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Este reino sombrío, en el que el sexo y la muerte (Eros y Tánatos) se entrelazan, es infinitamente atractivo para muchos más de los que “declaran” sentirse atraídos… Es el fantasma de la máquina de la cultura popular que se niega a descansar, asociándose a obras que están en el corazón del Arte, la Literatura, la Música, la Historia…
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Los relatos góticos se denominaron con el término inglés romance (diferente del sentido literario castellano de “romance” y más cercano al de “narración fabulosa”) para diferenciarlos de la llamada novel (novela), cuya naturaleza se consideraba más constructiva. En cambio, un romance era una obra de desbordada imaginación que estaba más dirigida a emocionar y entretener al lector que a recrear cuestiones realistas o instructivas; asimismo, la palabra “romántico” (derivada de romance o roman, términos ambos sinónimos de “novela” en algunas lenguas actualmente) tenía una acepción que aludía de forma despectiva a los individuos poco prácticos y con la cabeza en las nubes, hasta que fue desafiantemente adoptada por una generación de artistas, escritores, compositores y, sobre todo, poetas, que se deleitaba con la rebeldía nostálgica que tanto denostaba la sociedad.
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Al igual que el término “gótico”, el de “romántico” ha visto evolucionar su sentido a lo largo de los años. Hoy en día, su significado más extendido es el que lo asocia a cuestiones sentimentales y amorosas, a menudo bañadas en clichés sensibleros. En el siglo XIX, lo romántico aludía siempre a la pasión, pero no se limitaba a los asuntos del corazón; la pasión romántica se filtraba en cada aspecto de la vida, alimentando un espíritu de radicalismo político, liberación sexual y actitudes que cuestionaban lo establecido.
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El romántico era un rebelde que luchaba contra la opresión y consideraba el arte y la fantasía como las armas de su revolución. De acuerdo con el credo romántico, la creatividad y el individualismo sin restricciones eran sagrados, en oposición a los valores tradicionales del pensamiento lógico y la responsabilidad social. Los individuos introspectivos y creativos eran ensalzados como los profetas y visionarios de la época, y su arte no era percibido como una distracción del mundo material mundano, sino como el camino para superarlo e ir más allá de su tiranía.
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A medida que el romanticismo se extendía en la década de 1840, una rebelde juventud europea, al principio tímidamente, comenzó a fumar los recientemente inventados cigarrillos (en un momento en que el tabaco había pasado de moda), así como a tomar una suerte de potente ponche. Según James Laver, autor de Breve historia del traje y la moda, “la ponchera ocupaba el lugar de honor en todas las famosas fiestas románticas; aunque, tal vez, sería mejor llamarlas orgías siniestras, ya que los románticos no escatimaban esfuerzos en hacer tales reuniones lo más macabras posibles, decorándolas con calaveras, esqueletos, etc., revistiendo la habitación con telas negras y agregando motivos y objetos de una perversión algo pueril. Tomar ponche por placer no es peligroso en sí mismo, pero, cuando se lo bebe en las cantidades adecuadas para acabar con un ser humano, lo más probable es que los efectos sean desafortunados; más de un romántico llegó joven a su tumba a causa de la bebida”.
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En las últimas décadas del siglo XIX, los elementos más oscuros de la tradición romántica dieron origen al llamado “movimiento decadentista o decadente”, también llamado “decadentismo”. El romanticismo era esencialmente optimista; creía que el mundo podía ser redimido. El decadentismo era pesimista hasta el nihilismo total. En su antología de textos decadentistas, Moral Ruins, el autor y editor describe a los decadentes como “románticos renegados”; ciertamente, el movimiento compartía los ideales románticos de la imaginación y el individualismo, pero los decadentes (o decadentistas) no creían que esas fuerzas pudieran, en última instancia, salvar a la humanidad. Para ellos, todo acaba yéndose al infierno, de modo que es mejor intentar pasarlo lo mejor posible.
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Los decadentes creían que sólo los placeres efímeros y artificiales del lujo y la auto indulgencia eran verdaderos. Si los románticos más escandalosos se habían inclinado hacia los narcóticos y el satanismo, los decadentes se abandonarían plenamente a la magia negra, al libertinaje y al consumo de drogas. Al igual que “gótico” y “romántico”, el término “decadente” fue inicialmente aplicado de forma irónica y despectiva por sus críticos y detractores, pero los adeptos de dicho movimiento lo asumieron pronto para autodenominarse, aunque algunos de los más conocidos decadentes rechazaran en un principio dicha etiqueta. Ellis Hanson, en su libro Decadence and Catholicism, señala cómo “los decadentes cultivaban una suerte de fascinación por todo lo que comúnmente se percibía como antinatural o degenerado, por la perversidad sexual, los trastornos nerviosos, el delito, la transgresión y, en general, lo enfermizo; y todo ello en un contexto altamente estético que pudiera socavar o, en todo caso, sacudir la moralidad convencional. Tanto estilística como temáticamente, el decadentismo es una estética en la cual el fracaso y la decadencia son considerados seductores, místicos o hermosos...El típico héroe decadente es, con pocas excepciones, un esteta de clase alta, de vestimenta impecable y de elevada educación; un hombre cuya masculinidad se funde con su inclinación hacia lo andrógino, hacia la homosexualidad, el masoquismo, el misticismo o la neurosis”.
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Todo esto ofrece un claro paralelismo con la tradición gótica, por un lado, y con la actual subcultura goth, por otro. “El decadentismo no es un estado de felicidad”, comenta Stableford en “y el decadente no molesta en alcanzar el trivial objetivo de la satisfacción, cuyo precio es ceguera consciente respecto al verdadero estado del mundo. En cambio, convertirse en un conocedor de su propio malestar psíquico (que refleja, por supuesto, el malestar de la sociedad). Es la víctima de diversos males, cuyos nombres se convirtieron en las palabras clave de la retórica decadentista: ennui (hastío); spleen (una suerte de furibunda y reflexiva melancolía); impuissance (impotencia)”.
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Este movimiento alcanzó su auge en la década de 1890, en París, la ciudad que se convertiría en el lugar de peregrinación y refugio de poetas disidentes de todo el mundo. El período se conoció como fin de siècle (fin del siglo), y como la tradición mantiene que los fines de siglo acercan de alguna manera al mundo al Apocalipsis, el fin del siglo XIX alentó los desenfrenados y febriles excesos del escenario parisino. (Más tarde, el decadentismo encontraría su meca del siglo XX en la cuidad de Berlín de los años veinte, al mismo tiempo que en Alemania se creaban los filmes expresionistas góticos que antecedieron al cine de terror.)
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Llegada los años ochenta, el término “Gótico” se utilizó para describir una nueva subcultura musical, nacida de las cenizas del punki y alimentada por el “dandismo” del glam rock de los años setenta, que algunos agudos comentaristas han catalogado de “decadente”.
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El rock goth fue la manifestación más coherente y extendida de la tradición gótica de todos los tiempos. A diferencia de la mayoría de los cultos juveniles, como el heavy metal o el rockabilly, el goth no estaba concentrado en un estilo musical en particular, sino en un movimiento underground que asimilaba los artefactos y consignas culturales del pasado.
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“A lo largo de los últimos veinticinco años, se ha percibido, experimentado y participado de lo goth, desde su "marginalidad de bicho raro" hasta su subcultura de excéntrico pensamiento, aunque totalmente legítimo y universalmente reconocido”, afirma, uno de los principales diseñadores de joyas góticas de Alchemy. “Como resultado de esto, se ha generado el movimiento virtual del “segundo renacimiento gótico”, con un instinto competitivo que eleva inevitablemente sus niveles creativos y comerciales...”
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El movimiento goth tiene su propia literatura, ya sea la novela Entrevista con el vampiro (Interview with the Vampíre), de Anne Rice, o las narraciones de Edgar Allan Poe. Es la vestimenta, el maquillaje, la actitud... No se trata sólo de bandas de música; ahora, es un estilo de vida para algunas personas.
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El periodista de rock Mick Mercer acometió la tarea de escribir el primer libro sobre la escena goth, Gothic Rock Black Book, convirtiéndose así en su primer historiador. Mercer describe esta subcultura como “un mundo imaginario violentamente infantil y que supone emplear enormes cantidades de energía y mucha escenificación... Atormentado por imágenes religiosas teñidas de veladas sugerencias sexuales, el escenario gótico rara vez es feliz. Fuera del escenario, lo gótico es un alarido. El escenario gótico gruñe y frunce el ceño. Fuera del escenario, lo gótico se convierte en algo calladamente trastornado y se rodea de ritos de ebriedad y veneración pagana, así como de las entrañas de aquellos filósofos franceses tan psicológicamente alterados”.
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A medida que se acercaba a su propio fin de siglo de los noventa, la cultura popular estaba, en general, lista para seguir a los góticos hasta su lado oscuro.
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Brian Stableford, como autoridad de la literatura decadente, escribió un artículo para la revista gótica británica titulado “Novedades de la Fiesta Negra”, en el cual comenta que “el fin de cada siglo ha estado marcado por una sensación de acabamiento: una sensibilidad de fin de siècle que lleva a individuos particularmente sensibles a deleitarse oscuramente con la contemplación de las tinieblas y la decadencia...
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En nuestra era democrática, adoptar un estilo de vida decadente es algo asequible para cualquiera, algo disponible para todo aquel que disienta de la supuesta respetabilidad de las clases medias. Su manifestación contemporánea más evidente, por supuesto, es la subcultura goth, cuyo nombre rinde homenaje obligado e irónico a las ambiciones arquitectónicas y literarias de Beckford y Walpole”.
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La aventura estética de todo ésto, tenía también su equivalente literario en "La caída de la casa Usher", de Poe. Había llevado, al igual que el personaje demoníaco del relato de Poe, al cultivo de los sentidos hasta los límites más extremos de la perversión. Por ejemplo, reunir toda una colección de esencias y perfumes, ningún vicio ni curiosidad mórbida eran desconocidos para él y su tórrida imaginación crecía en habitaciones cerradas a cualquier influencia exterior y hasta al mismo a fin de lograr un ambiente opresivo y monstruoso...
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“Las preocupaciones comunes de la subcultura goth que se describen en The Hex Files, evidencian las preocupaciones comunes de las contraculturas de las décadas de 1790 y 1980”, comenta Stableford en “Novedades de la Fiesta Negra”. “La subcultura gótica se expande para abarcar a muchos, si no todos, los asuntos tratados por Huysman en Contra natura: un libro que despliega ante sus lectores toda una "fiesta negra" de alegres perversiones.”
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Stableford sostiene que tales “fiestas negras” están limitadas a los últimos años de un siglo. Tal vez sea porque interpreta que el resto de la sociedad está más dispuesta a ser receptiva a este tipo de cosas durante el fin de siglo, con lo cual parece indicar que la atracción por lo oscuro tiene un carácter cíclico, cuando, en realidad, es algo mucho más estable y constante.
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Pero no se puede negar que, como sostiene Christoph Grunenberg: “es como si la noche eterna hubiese caído sobre el mundo y el negro fuera el color más de moda del otoño del siglo”. “La subcultura del rock gótico, sus distintivos códigos de vestimenta y su estilo de vida son casi dos décadas anteriores al actual resurgimiento de la estética gótica”, continúa Grunenberg.
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Sus adeptos conservan su devoción hacia el hechizo de la muerte, lo macabro y lo místico. El look romántico de los góticos, con su fuerte inclinación hacia el negro, fue algo que la moda tradicional se apropió con éxito hace algunos años...
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Hoy en día, la moda y el diseño góticos se venden a gran escala, en parte gracias a la cantante y actriz que se hizo diseñadora y modista, Cher, cuyo catálogo ofrece joyas y productos de moda, además de pesados pero confortables muebles de reminiscencias medievales.
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Hoy, la contracultura goth se manifiesta en el mismo corazón de la cultura comercial con una creciente virulencia.
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Esto nos lleva de nuevo a la pregunta inicial: ¿Qué es gótico?, en un sentido, es el oscuro trasfondo de la existencia cotidiana, una versión tenebrosa del mundo diurno.
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En otro, es el acogedor nido de víbora que conforman las contradicciones que se ha desarrollado a través de los cientos de años de contracultura: grotesca, gótica, romántica, decadente, goth...
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- Lo gótico es lo bárbaro sofisticado.
- Es una pasión por la vida envuelta por el simbolismo de la muerte.
- Es el amor cínico del sentimiento.
- Es el matrimonio de los extremos, tales como el sexo y la muerte.
- Se vale de la oscuridad para iluminar.
- Cree que el deber es vano y que la vanidad es un deber.
- Es la compulsión de hacer lo que está mal, pero con los mejores motivos.
- Es una nostalgia ansiada de los días oscuros de un pasado que nunca existió.
- Niega la ortodoxia de la realidad y deposita su fe en lo imaginario.
- Es lo sacrílego y pagano, lo extraño, lo sobrenatural.
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Pero, como dicen las misma palabras de Gavin Baddeley, ¿es lo gótico simplemente una pose, como sostienen sus detractores? Seguramente, pero ¿acaso no todos posamos un poco en cierta medida?
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Inevitablemente, el brillante y decadente Oscar Wilde lo define de la mejor manera en su novela gótica "El retrato de Dorian Gray" (una fábula fáustica, rica en elementos siniestros, enmarcada en el Londres de la época victoriana), cuando comenta: “Ser natural es simplemente una pose, la pose más irritante que conozco”.
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